4 jul. 2007

EL TITULO Y LA CONTRADICCIÓN COMO DISPARADOR


Para el artista, el titulo ha sido, en la mayoría de las ocasiones y a lo largo del tiempo, un componente esencial en la obra casi tanto como el soporte o la técnica. Ya sea para reforzar o complementar la intención o la idea subyacente, lo cierto que esta practica es compartida también por el espectador: en el recorrido de una muestra convencional, la lectura del objeto artístico la completamos cuando nos inclinamos a leer su titulo, de manera casi inconsciente. Es un comportamiento adquirido y tácitamente aceptado, avalado por la tradición. Basta recordar, por ejemplo, los in tituli de los mosaicos bizantinos o las vanitas barrocas, eficientes instrumentos para identificar personajes o destacar el espíritu de los objetos. Somos lenguaje e imagen, aprehendemos los objetos en la medida que somos capaces de nombrarlos, hacerlo implica incluirlos en nuestro universo cognitivo y mensurar nuestro entorno. Lenguaje e imagen, significado y significante, para los semiólogos. Una herramienta a veces indispensable para acercarse a la obra contemporánea, cada vez más autorreferencial y hermética, sobre todo para el observador común.
¿Pero que ocurre cuando el titulo no se corresponde con la representación? ¿Se desecha deliberadamente una herramienta de acercamiento?
La actual y creciente dicotomía que se presenta entre significado y significante en el arte, corre casi paralelamente al abandono de la figura mimética adoptada, desde las vanguardias, como modelo hegemónico de representación.
En este contexto cobra relevancia una de las obras más revulsivas de Vladimir Ramos: la serie La Madre del Cordero. Tomando una figura de nuestra tradición occidental y cristiana, plena de significado religioso y, sobre todo, humano, la utiliza para individualizar una serie de oleos sobre tela vibrantes de color. Una primera impresión podría llevarnos a la falsa convicción que se trata de un homenaje a la vida o un canto a la procreación, como si se tratara de la veneración a la Pachamama. Pero la profusión de colores chillones y la reiterada ausencia formas humanas nos empuja a ver algo tan instintivo como el amor: el dolor. Un dolor primitivo, que nos acompaña desde el mismo estadio intrauterino, presagiando lo que la existencia nos deparara, debido solo a nuestra naturaleza humana. Inteligentemente, la contradicción entre titulo y representación nos impulsa a hurgar en la obra, ejercicio espiritual que complacería a cualquier creador. Hábilmente, el artista nos lleva por los caminos de sus creencias y convicciones revelándonos lo más profundo de su preocupación: el ejercicio desmedido del poder en contra de otro ser humano y las nefastas consecuencias que enemistan a los hombres entre si. Sin duda, una interesante manera de propiciar una pausa introspectiva, en medio del ajetreo cotidiano.



Laura Avendaño Pérez
Operadora Cultural
en Artes Plásticas
Buenos Aires, Argentina

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