11 may. 2009

CIUDAD TRICEFALA, critica

Las obras de Vladimir Ramos nos invitan a rastrear el sentido de sus inquietantes figuraciones. Integran el acto poético al caos urbano en una obra compuesta por memorias, colores, imágenes y vibraciones. Convierten el escenario rutinario y menospreciado de la ciudad, en una palpitante visión de ideas y símbolos. El discurso plástico de este artista es indisociable de sus vivencias, la obra es a veces una crónica de la ciudad, de su barrio. Mezcla lo culto con lo popular, personajes políticos y populares, seres de la noche limeña pueblan sus pinturas. La extrañeza y desconcierto que contienen son el reflejo de lo que él vive y lo que ve: una sociedad manipulada por los poderes que la dirigen. Poderes políticos, sociales y religiosos que constituyen la trilogía de la Ciudad Tricéfala. Estas obras contienen un valor político, sin caer en el didactismo. Pretenden abrir en el espectador espacios de verdad, inspirarle ideas y crear las condiciones de un reconocimiento del mundo y de sí mismo. Vladimir Ramos propone reflexionar desde el arte, que es potencial subversivo y transformador, puesto que la esfera estética es vía de acceso privilegiada a la comprensión de nuestra época. Comulga con Joseph Beuys al considerar al artista como un activador social, exigiéndole al creador un doble papel de productor de nuevos órdenes simbólicos y de nuevas formas de consciencia, en aras de lograr la transformación del cuerpo social. Si los cuestionamientos políticos y sociales parecen no tener salida, entonces el artista buscará otras leyes relacionados con el imaginario. Rechaza el realismo inmediato, va más allá, hasta lo esencial de las formas y del sentido. En su pintura desarrolla un lenguaje más denso y sutil que el de la descripción: el de la fábula. En este ámbito no se protege necesariamente de la realidad más bien se hunde en ella para explorar sus fallas y desplazar los límites. Una de las características de este trabajo es que se instala directamente en el médium pictórico y en su historia sin buscar legitimarse entre las disciplinas más recientes. Desprovisto de complejos en cuanto al recurso del imaginario no se siente obligado a retomar la posición de Marcel Duchamp respecto a la pintura. Con su obra Vladimir Ramos confirma que este medio no esta agotado, lejos de estar totalmente explorado, posee aún la capacidad de ofrecer su potencial de invenciones y tocar nuestra sensibilidad.Esta obra lleva ganada las duras etapas del aprendizaje y el ejercicio de estilo, se aleja de los primeros trabajos más introspectivos, líricos y abstractos para hacerse más grave y compleja. Trabaja el óleo y el acrílico según su expresividad sin temerle al color. Enérgicas pinceladas de gesto vigoroso y tonos intensos alternan con zonas laboriosamente saturadas, verdaderos palimpsestos de pigmentos.En sus ágiles composiciones, Vladimir Ramos expresa lo popular, es decir contrastes violentos, placer físico, dinámica en los ritmos de construcción. Diferentes planos temáticos se imbrican entre sí yuxtaponiendo secuencias simultáneas. Una iconografía personal se extiende en sus lienzos: imágenes fantásticas, un mundo de seres antropomorfos y tenebrosos se mueven en ambientes surrealistas que asaltan e intrigan al espectador. Predomina la perturbadora figura asociada al poder, forma de largas extremidades y ubres múltiples, que flota amenazadora en muchas de las obras. Trazos vertiginosos luchan por construir la faz inexistente de sus personajes, ellos son la hosca y sombría visión de la humanidad, de la alienación y del egoísmo. En estas figuraciones de cuerpos dolientes suenan ecos del trabajo de Pablo Picasso y Francis Bacon, como en la atmósfera cromática de algunas obras sentimos la influencia del expresionismo alemán de principios del siglo XX.Con la energía permanentemente renovada en cada obra, Vladimir Ramos reanuda el murmullo mágico y vibrante que llamamos arte.
Cecira Armitano
Curadora

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